El Leviatán

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“Crónicas del conurbano”

    Una agencia de remises enfrente de la comisaría. Los choferes, sentados en la puerta, transpiran y se abanican con cartones. Uno de ellos, duerme dentro del auto. El sol pega fuerte esa tarde. La avenida llena de pozos. ¿Te acompaño?, le dice un remisero a la morocha imponente que cruza la calle. Los demás se la comen con la mirada. Te chupo toda, le grita el más osado y se ríe como un estúpido. El uruguayo lo mira mal. No le gustan los maleducados. No te desubiques, le indica. Calláte, uruguayo puto, volvete a tu país. Corta, la bocha, dice en voz baja el uruguayo; lo mira fijo y le muestra el arma. Italia y Campos, grita la enana, parada en un banquito, ¿a quien le toca?. Yo, contesta el evangelista y la enana le pide que no predique porque después los pasajeros la llaman para quejarse. Los colectivos se desvían porque la otra cuadra está cortada. Familias desalojadas se lee en un cartel. En la esquina hay gomas apiladas y otras tantas desparramadas. Se ven dos carpas y un grupo de mujeres sentadas en unos banquitos, tomando mate. La calle es de los chicos y la aprovechan. Algunos juegan a la pelota y otros a las escondidas. En la vereda hay dos camas, una mesita de luz y un televisor encendido. El hincha, botella de cerveza en mano,  me confiesa que guarda como tesoro un pedazo del tablón de la cancha de Chacarita. Fábricas. Talleres mecánicos. Son como conejas, dice una vecina, lo único que saben hacer es tener hijos. Y si, responde la otra, son villeras, ¿qué querés?. Más fábricas. El chico se para frente a la camioneta y apunta. El conductor se agacha y acelera. Mala suerte, a veces funciona y es así de fácil robarse un auto o una camioneta. El miedo, cómplice, nos bendice. Saqueos. Levantá la persiana, carajo, o te quemamos el boliche. Resignación. Con la gente del barrio no te metás, boludo. Fantoche adoctrina a los pibes chorros. Códigos, de eso se trata. ¿Entendés, nene?. Es alto fantoche y dealer. La gallega le tiene miedo y cuando va para el almacén le da lo que pida. Golosinas, galletitas, fideos, gaseosas, lleváte lo que quieras. De esa forma, la gallega se garantiza protección. Chupamelá, le grita Camerún mientras se agarra los genitales, al que le apunta con un láser. Le pegaron cuatro tiros en la espalda, una vez, pero no se murió. Sobrevive, Camerún. Igual que ese perro sin dueño que pasa por la carnicería todos los días. Carne cruda, come el perro. Al mudo se lo violaron entre cinco. La vieja cuenta que lo vio por la ventana de su casa. Gemía, el mudo. Bah, hacía esos ruidos que hacen los mudos con la boca. Era como un aullido. Igual yo creo que le gustaba. ¿Y no llamaste a la policía?. Para qué voy a llamar si no vienen cuando están robando, van a venir cuando se están violando a un mudo. Las señoras se rien cinicamente mientras salen con los changuitos de la verdulería. Sabés lo que pasa, si vos le pegás un tiro a alguno de estos villeros de mierda, te tenés que ir. Si, te tenés que ir porque se te viene toda la villa y te queman la casa. Es así, no los podés bajar tan fácil. Araña camina desconcertado hacia la esquina. Habla solo. La mirada perdida. Saca el arma y duda. Tiene quince o dieciseis años, es lo mismo. Abre la boca y se dispara . La gente se amontona alrededor del cuerpo. El padre del pibe es de la federal. Si y la hermana es una loca. Si loca y trola. Y cómo iba a terminar el pobre chico con la familia que tiene. No pero este andaba en la droga, se mató por eso. No tenía opción, o se mataba o lo mataban. Noche. Noche sin luna y sin estrellas. Sonido de tambores. Animales sacrificados por seres humanos. Gente que entra y sale de una casa. Hay que descalzarse para ingresar. Un hombre con una túnica blanca es el anfitrión. Gritan, cantan, se lamentan. Algo inexplicable sucede allí dentro. Otro hombre con una capa negra. Las mujeres poseídas se desnudan. Los hombres las rodean. Algunas mujeres lloran y otras se quejan. Interminable, el festival negro. Amanece y hay bandejas llenas de maíz, lapices labiales, cabezas de gallinas y otras cosas que no se sabe ni que son. Nadie se anima a tocar esas bandejas que están dispuestas en la calle. Y ahí están otra vez, esos hermanos, yendo y viniendo en esas camionetas. El padre le pega a la madre. La madre se defiende como puede. Los hermanos se insultan pero también se besan y se tocan. El más chico es experto en desactivar las alarmas de los autos. Es delgado y sabe escaparse. Nunca lo atrapan. Sin embargo no pudo huir de la muerte ese día. Ese día nublado en esa terraza. Los dos hermanos que se pelean. Un tiro. Suicidio fue la versión oficial. ¿Otro suicidio más?, murmuran los vecinos. ¿Otro pendejo que se mata?. Así tan simple. No vale nada la vida, che. Golpea, la muerte. Pero solo por un momento, después todo vuelve a ser igual. Gente que va y viene. Operarios sentados en las puertas de las fábricas. Chicos que no saben qué hacer ni adonde ir. Por momentos, la voz cansada del Pity Alvarez desde una casa baja. Y el cuervo se ríe y me pregunta qué es lo que pretendo. Si pretendo escuchar blues o jazz. Además, agrega, la cumbia colombiana es un hecho artístico. Un crítico, el cuervo. Por la mañana pasan los chicos por la calle vendiendo desodorante líquido para limpiar los pisos. El líder del grupo de vendedores tiene siete u ocho años, es lo mismo. La señora de la casa del pino admite que siempre les compra desodorante líquido para que cuando sean grandes no le roben. Merca, exigen los pibes para que los lleven a votar. Antes nos salían más baratos, reflexiona el puntero. Micros escolares que van y vienen, cargados de gente. Las elecciones siempre son una fiesta. Cerveza, vino, plata y merca. Cajas de comida, también, al menos para que las madres alimenten a sus hijos por un mes. Esto antes era el polo de la industria textil, cuenta el viejo sentado en el sillón. Después con el tiempo fueron cerrando las textiles y ahora esto es lo que queda. Pero antes eramos todos muchachos trabajadores. No había delincuencia. Igual te digo una cosa, yo no fui a la plaza ese día. Todos te van a decir que fueron porque queda bien decir que uno estuvo ahí. Un momento histórico inolvidable y es como si uno hubiera estado. Y si yo digo que estuve, todos me creen. El viejo cierra los ojos y se ve en el fondo de su casa, enterrando armas, hace un pozo y guarda las armas envueltas en una tela gris. A cierta edad los recuerdos se arrastran y aparecen, insolitamente, cuando uno menos lo espera. Una brisa acaricia la cara del viejo y se lo lleva. A mi me dan ganas de fumar en la terraza.

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San Lucas

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“El Club de los Santos”

 

            El fuego en los ojos aún. No siempre salen bien las entregas. Recorre el departamento de un extremo al otro dejando a su paso olor a quemado. Gran variedad de teléfonos desparramados sobre la mesa. Celulares de distinto tipo de diseño, garantías virtuales que de alguna forma materializan su existencia.  Suenan una y otra vez, una y otra vez, solicitan datos. No siempre hay señal, no todo es tan fácil, ni siquiera para él.

El día que volvió de viaje lo esperaron en la puerta. Antes de entrar el auto al garaje le apuntaron con un arma en la cabeza, “arrodilláte, forro, dale”, sintió una patada cerca de la cintura. Su novia miraba desde el auto, el tipo se dio vuelta y ella se agachó. Los dos de atrás hicieron lo mismo.

Hubo un silencio entre los dos después de mi regreso.

La traición se huele y la ambición desmedida no funciona en todos los casos.

Valeria lo mira fijo mientras se desnuda, se siente muy desinhibida a pesar de que sus dos hermanos mayores duermen abajo.  Él se toca, tratando de hacer algo frente a lo que ve, la imagina en el aula escribiendo en el pizarrón, da una nueva pitada y se siente un alumno más en el aula.

Se toca, tratando de hacer algo, como cuando tenía nueve o diez años.

El fuego arrasa con las oficinas. No queda nada. Sólo arrancar de cero, luego de cobrar el seguro y actuar un poco, fingir pánico y desesperación. Gritar enloquecido, si es posible correr desorientado de una esquina a otra, como esperando algo.

Despliega en el piso una especie de colchoneta, allí dormirá como campamentista de ciudad, coloca una frazada en línea recta, paralela a la colchoneta, contra la pared.

Imagino que luego se envuelve en sábanas y se queda dormido boca arriba.

Compruebo, entreabriendo la puerta que respira por la boca pero el sonido del motor del viejo ventilador que tiene a sus pies tapa el ronquido que se escucharía si de repente se cortara la luz.

Me quedo mirándolo desde la puerta antes de irme a trabajar. La luz entra de a poco por la ventana de la habitación, los rayos de sol se filtran por la persiana a medio bajar. Hay una halo de luz que está por sobre él y gracias a que todavía no hizo contacto con su piel yo puedo seguir mirándolo así como lo hago ahora y sé que si llegara a despertarse y viera la forma en que lo miro, primero daría un salto asustado y luego me gritaría hasta quedarse sin voz porque eso es lo que sabe hacer, amenazar y meter miedo. Trabaja de violento. Sin embargo así, reposando en paz, me recuerda a aquel bebé rubio que exponían en un pesebre viviente, María y José.

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Santa María

Tango

“El Club de los Santos”

Sonríe. Lo tiene claro. Ha sonreído por años, en busca de presas jóvenes. Mira fijo el espejo mientras dibuja una línea negra bajo sus ojos pardos. Luego hace chistes tontos. Los hombres la miran y le siguen el juego. Antes era más fácil, la acompañaba una juventud que oxigenaba. Imposta la voz, los hombres le enseñaron eso. Siempre quiso ser única, la manada le pagó con seguridad a cuenta. Hubo más de un hombre eficaz que desapareció a tiempo, de esos que no han perdido aun el sentido del olfato. No es alta, quizás sea por eso. El padre, la curó de chica, como al mate. Tenía veintidós años cuando quiso ser estrella, no llegó a desfigurarse la cara, siempre hay alguien que prevee destinos y negocia rescates. Intercaló el trabajo de amante con el de bailarina. Más de un turista no sólo aprendió a bailar tango con ella. Había algo de voracidad al principio, luego, tan solo desesperación. Algunos hombres de esos que se manejan por teléfono o con gestos, le hacían llegar dinero. Cuando se levantó de la cama, vio al padre sentado en una silla, la miró y suspiró. Supo que nunca iban a caminar del brazo. Quizás porque no era alta. Trabajó duro para desintoxicarse. Pasaban velitas por su cabeza, tortas blancas con velitas que se encendían y se apagaban. Estaba ahí, permanecía ahí y devoraba, se sentía firme haciéndolo una y otra vez, una y otra vez. El lugar era húmedo, húmedo y gris, en tiempos de oro, adivino, más iluminado. Innumerable cantidad de personas habían circulado por ahí. Gente joven e ingenua en una mediana proporción, también adultos seguros y con experiencia. ¿Cómo definirla?. Acaso una amazona que espera y permanece, no había demasiada superficialidad en su actitud, hasta parecía que había nacido para eso, traté de sacarme esa idea de la cabeza. Hubo pisos en Libertador a cambio de cargos, el oro y el moro pasó a ser atender un teléfono en una oficina sin dispenser. No fue ese un problema ya que vivió y se alimentó de la mentira, era fuerte en eso. Cuando yo me di vuelta, vi que ella había hecho más de un favor, los dos que tenía atrás se extasiaban con la lenta degradación del ser humano, uno más que otro. Más tarde entendí que ese placer no se va nunca, sobre todo con tipos ya consagrados en el juego. Si hay algo en lo que me volví experta es en identificar gestos, con alguien como él cerca era algo inevitable. La ensuciaron siempre y al parecer le gustaba vivir en la mugre o se acostumbró a eso. Mensajes que iban y venían, es poco decir eso. Si miro para atrás veo que también la quisieron limpiar de la forma que fuera posible pero al fin y al cabo son hombres y si no hablan, hacen gestos o se devuelven sonrisas. Una ex empleada, dijo, ese paga y se le dibujó una sonrisa, jajaja, rió, paga, te lo digo yo. Usurero y cornudo, continuó. No es el primer embarazo, me dijo el que hasta entonces había sido su padrino ahí dentro. Con padrinos como este, pensé yo, mejor no tener protección. Después me di cuenta que entre la protección y la humillación hay un centímetro de distancia, ni una palabra más le dije al tipo que arrastra la pierna. Ella se llenó de orgullo cuando su ex amante le expresó felicidad por la llegada de su hija. Dos ángeles, le anotó detrás de una foto y ella se emocionó. Se había acostumbrado a eso. El tipo recordó viejos juegos de hombre casado en el piso de Libertador, en la puerta, una inscripción; shalom. El padre de la criatura, no presenció el parto, prefirió ir a jugar a la adolescencia con una chica de zona norte. Hubo descuidos en el lugar de trabajo, gente que miró para otro lado. Despidos. Algunos de los que iban a entrenarse en transmisión me preguntaron por ella pero yo esquivé las indagaciones. La vi caer más de una vez, los hombres la absorbían pero también la rechazaban con fuerza. Siempre quiso ser estrella a pesar de todo. Escandalosa, me dijo un tipo que siempre cayó parado. El otro, mi jefe, afirmaba solemnemente: “está mal”. A los tipos los quiebra, le digo y después se la mandan a guardar. Es pelea de barro, no hay estética. Me quiso contar algo sobre su hija pero no quise oir. “Cuidála”, le dije y desapareció de mi vida.

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En otro país de Ernest Hemingway

In another country

In another country

    En el otoño la guerra continuaba, pero nosotros ya no íbamos al frente. El otoño era frío en Milán y anochecía temprano. Después llegaba la luz eléctrica y era agradable mirar las vitrinas a lo largo de las calles. Había mucha caza colgada afuera de los almacenes, la nieve salpicaba la piel de los zorros y el viento agitaba sus colas. Los ciervos colgaban rígidos, pesados y vacíos, y algunos pájaros bailaban en el viento, que les alborotaba las plumas. Era un otoño frío y el viento bajaba de las montañas.

A la tarde todos nosotros estábamos en el hospital, y había distintas formas de llegar a él caminando a través de la ciudad en el atardecer. Había dos caminos que bordeaban canales, pero eran demasiado largos. Sin embargo, para entrar en el hospital siempre se cruzaba un puente tendido a través de un canal. Era posible elegir entre tres puentes. En uno de ellos una mujer vendía castañas asadas. Parado frente al fuego de las brazas se sentía calor y después las castañas calentaban el bolsillo. El hospital era muy viejo y muy hermoso, se entraba por un portón y se caminaba a través de un patio para salir por otro portón en el lado opuesto. Era habitual que los entierros salieran del patio. Más allá del hospital viejo estaban los nuevos pabellones de ladrillo y allí nos encontrábamos todas las tardes, muy corteses e interesados en lo que pasaba, y nos sentábamos ante las máquinas que harían que todo fuese distinto.

El doctor se acercó a la máquina en la que yo estaba y dijo:

—¿Qué es lo que más le gustaba hacer antes de la guerra? ¿Practicaba algún deporte?

—Sí, el fútbol  —respondí.

—Muy bien —dijo él—. Podrá jugar de nuevo al fútbol mejor que nunca.

Mi rodilla no se doblaba y la pierna sin pantorrilla caía recta de la rodilla al tobillo y la máquina debía doblar la rodilla y hacerla mover como si anduviera en triciclo. Pero aún no se doblaba y, en cambio, cuando llegaba a esa etapa, la máquina se sacudía bruscamente.

El doctor dijo:

—Todo eso pasará. Es usted un joven afortunado. Volverá a jugar al fútbol como un campeón.

En la máquina siguiente estaba un mayor que tenía una mano chiquita como la de un bebé. Me guiñó un ojo cuando el médico le examinaba la mano: la tenía entre dos correas de cuero que se sacudían hacia arriba y hacia abajo y le movían los dedos rígidos.

—¿También jugaré al fútbol, capitán doctor? —preguntó.

Había sido un gran esgrimista antes de la guerra, el mejor esgrimista de Italia.

El doctor se dirigió a su consultorio al fondo de la sala y volvió con una fotografía en la que se veía una mano casi tan arruinada como la del mayor, antes del tratamiento con la máquina y que después del tratamiento estaba algo más grande. El mayor tomó la fotografía con la mano sana y la miró muy detenidamente:

—¿Una herida? —preguntó.

—Un accidente industrial —dijo el doctor.

—Muy interesante, muy interesante —dijo el mayor y se la devolvió al doctor.

—¿Tiene confianza?

—No —dijo el mayor.

Tres de los muchachos que acudían diariamente al hospital eran más o menos de mi edad, y todos de Milán. Uno quería ser abogado, el otro pintor y el tercero militar. Una vez terminada la sesión  con las máquinas, a veces caminábamos de vuelta todos juntos hasta el Café Cova, que quedaba al lado de la Scala. Caminábamos por el camino más corto a través del barrio comunista porque éramos cuatro. La gente nos odiaba porque éramos oficiales y desde algún bar alguien gritaba al vernos pasar: “A basso gli ufficiali”. Otro muchacho que algunas veces caminaba con nosotros —con él éramos cinco— usaba un pañuelo negro de seda sobre el rostro porque no tenía nariz y le iban a rehacer la cara. De la academia militar había pasado directamente al frente y a la hora de haber llegado por primera vez a la línea de fuego había sido herido. Le rehicieron la cara, pero descendía de una familia muy antigua y nunca le consiguieron dejar igual la nariz. Se fue a América del Sur a trabajar a un banco. Pero eso fue hace mucho tiempo y en ese entonces ninguno de nosotros sabía qué era lo que iba a pasar después. Lo único que sabíamos era que la guerra continuaba, pero que nosotros ya no iríamos nunca más hacia ella.

Todos teníamos las mismas medallas, salvo el muchacho del vendaje de seda negro en la cara, ya que él no había estado en el frente el tiempo suficiente como para obtener medallas. El muchacho alto de la cara muy pálida que había querido ser abogado, había sido teniente de Arditi y tenía tres medallas del tipo de las que los demás teníamos solamente una. Había convivido con la muerte durante mucho tiempo y se mantenía un poco apartado. Todos nos manteníamos un poco apartados y no había nada que nos mantuviera unidos excepto el hecho de que todas las tardes nos encontrábamos en el hospital. Aunque mientras íbamos hacia el Cova a través de la parte brava de la ciudad, caminando en la oscuridad, con la luz y los cantos saliendo de las tabernas, algunas veces teniendo que pasar por la calle cuando los hombres y las mujeres se apelotonaban en la vereda y teníamos que abrirnos paso entre ellos para poder pasar, nos sentíamos unidos por algo que había sucedido y que ellos, los que no nos querían, no comprendían.

Todos nosotros comprendíamos al Cova, donde todo era riqueza y color pero sin demasiada luz, y ruidoso y lleno de humo a ciertas horas, y donde siempre había chicas en las mesas y diarios ilustrados en los estantes contra la pared. Las chicas del Cova eran todas muy patrióticas y encontré que la gente más patriótica de Italia eran las chicas de café y creo que todavía lo son.

Al principio los muchachos fueron muy corteses respecto a mis medallas y me preguntaron qué había hecho para obtenerlas. Les mostré los recortes de los diarios, que estaban escritos en un estilo muy hermoso y llenos de fratellanza y abnegazione pero que en realidad decían, sacando los adjetivos, que me habían dado las medallas porque era norteamericano. Después de eso cambió un poco su trato conmigo, aunque seguía siendo considerado su amigo por los de afuera. Era un amigo, pero después que leyeron los recortes nunca más fui uno de ellos, porque para ellos había sido distinto y habían hecho cosas muy diferentes para obtener sus medallas. Es verdad que había sido herido, pero todos sabíamos que, después de todo, ser herido era realmente un accidente. Sin embargo, nunca me avergoncé de las condecoraciones y algunas veces, después de la hora del copetín, imaginaba a mí mismo habiendo hecho todas las cosas que ellos habían hecho para lograr sus medallas, pero cuando caminaba hacia casa de noche, a través de las calles vacías, con el viento frío y todas las tiendas cerradas, tratando de mantenerme cerca de los faroles de la calle, sabía que nunca hubiera hecho esas cosas y tenía mucho miedo de morirme y a menudo yacía en la cama de noche, con miedo de morir y preguntándome cómo sería cuando volviera al frente otra vez.

Los tres de las medallas eran como halcones de caza; y yo no era un halcón, aunque pudiera parecerlo ante aquellos que no habían cazado nunca; ellos, los tres, lo sabían, y así nos fuimos apartando. Pero seguí siendo amigo del muchacho que en su primer día en el frente había sido herido, porque él no sabía cómo hubiera sido; y por eso no podía sentirse afectado y a mí me gustaba porque pensaba que tal vez él tampoco hubiera llegado a ser un halcón.

El mayor, el que había sido un gran esgrimista, no creía en el coraje y mientras estábamos sentados frente a las máquinas, se pasaba buena parte del tiempo corrigiendo mi gramática. Me había felicitado por la forma en que hablaba el italiano y charlábamos con mucha facilidad. Un día le dije que el italiano me resultaba un idioma tan fácil que no lograba interesarme, era demasiado fácil de hablar.

—Ah, sí —dijo el mayor—. ¿Entonces por qué no se dedica a estudiar gramática?

Y así fue como nos dedicamos a la gramática y muy pronto el italiano se me convirtió en un idioma tan difícil que tenía miedo de hablarlo hasta no tener en mi cabeza la gramática correcta. El mayor venía al hospital con mucha regularidad. No creo que haya faltado nunca un solo día, aunque estoy seguro que no creía en las máquinas. Hubo una época en la que ninguno de nosotros creía en las máquinas y un día el mayor dijo que todo era una idiotez. Por ese entonces las máquinas eran una novedad y nosotros debíamos probar que servían. Él dijo que era una idea idiota, “una teoría como cualquier otra”. Yo no había aprendido mi gramática y me dijo que yo era un estúpido, un desastre inaguantable y que él era un tonto por haberse molestado conmigo… Era un hombre pequeño y se sentaba muy erguido en su silla con su mano derecha metida en su máquina, mirando para adelante hacia la pared mientras las correas se movían hacia arriba y hacia abajo con sus dedos entre ellas.

—¿Qué hará usted cuando termine la guerra, si termina? —me preguntó—. ¡Hable gramaticalmente!

—Me iré a los Estados Unidos.

—¿Es casado?

—No, pero espero serlo.

—Todavía más estúpido —dijo, y parecía muy enojado—. Un hombre no se tiene que casar.

—¿Por qué, signor maggiore?

—No me llame signor maggiore.

—¿Por qué un hombre no tiene que casarse?

—No puede casarse. No puede casarse —dijo muy enojado—. Ya que lo va a perder todo, no debe exponerse a perder eso. No debe exponerse a perderlo. Debe encontrar cosas que no se puedan perder —hablaba en forma airada y amarga, mirando fijamente hacia adelante.

—Pero ¿por qué debe necesariamente perderlo?

—Lo perderá —dijo el mayor. Miraba la pared. Luego bajó la vista hacia la máquina y arrancó su pequeña mano de entre las correas y la golpeó furiosamente contra el muslo—. Lo perderá —casi gritó—. ¡No me discuta! —Luego llamó al ayudante que hacía funcionar las máquinas—. Venga y apague esta maldita máquina.

Se dirigió a la otra habitación para continuar el resto del tratamiento y el masaje. Más tarde oí que le preguntaba al médico si podía usar su teléfono y cerró la puerta. Cuando volvió a la habitación yo estaba sentado frente a otra máquina. Tenía puestas la capa y la gorra y vino directamente hacia mi máquina y me puso el brazo sobre el hombro.

—Lo siento mucho —dijo y me palmeó el hombro con la mano sana—. No tendría que ser grosero. Mi mujer acaba de morir. Perdóneme.

—Oh —dije, sintiendo profunda pena por él—. Lo siento mucho.

Se quedó allí parado mordiéndose el labio inferior.

—Es muy difícil —dijo—. No me puedo resignar. —Miraba a través mío, directamente hacia la ventana. Después empezó a llorar—. Me siento totalmente incapaz de resignarme —dijo y se sofocó. Y después, llorando con la cabeza alta, mirando hacia la nada, manteniéndose erguido militarmente, con lágrimas corriéndole por las dos mejillas y mordiéndose los labios, caminó a través de las máquinas y salió.

El doctor me contó que la mujer del mayor era muy joven, que él no se había casado con ella hasta que quedó fuera de la guerra causa de su invalidez y que ella había muerto de una neumonía. Estuvo enferma sólo unos pocos días. Nadie esperaba que se muriera. Durante tres días el mayor no fue al hospital. Después volvió a la hora habitual, con una banda negra en la manga del uniforme. Cuando volvió grandes fotos enmarcadas mostrando toda las heridas, antes y después de ser tratadas con las máquinas, colgaban de las paredes. Delante de la máquina que utilizaba el mayor había tres fotografías de manos como la suya que habían sido completamente curadas. No sé de dónde las habría sacado el doctor. Siempre supuse que nosotros éramos los primeros en usar las máquinas. Las fotografías no llegaron a afectar al mayor porque él siempre estaba mirando fijamente por la ventana.

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